A grano perdido

Hace unos días me tocó ver a dos maestros “platachar” un radier de hormigón. Uno, de 40 años app., solía trabajar en la construcción de zapatos, el otro trabaja de maestro desde los 16 años, y hoy tiene 24. El de 40 habla mucho, el de 24 es más bien callado.

Por un ridículo prejuicio, antes de que empezaran, tenía la idea de que el de 40 haría un mejor trabajo, más acostumbrado como estaría a trabajar con cosas más delicadas. Sin embargo, puestas las manos en la obra, la cosa fue muy distinta: el cuarentón, todo apurado, le daba golpes violentos al hormigón y pasaba el platacho todo chueco. El de 24, tranquilamente, pasaba el platacho casi sin tocar la superficie, recorriéndola hasta lograr un resultado homogéneo. Es obvia la diferencia de resultados entre uno y otro procedimientos. Al pasar el platacho casi rozando la superficie, la parte más plástica de la mezcla se pega a la herramienta, mientras que la grava o gravilla no se pega y queda, pues, “perdida” bajo el resto de la mezcla. También, en el intertanto, perdí el prejuicio y quedé con la simple impresión que estos trabajos y muchos otros son una mezcla de experiencia y temperamento. Y que no son experiencias traspasables de oficio a oficio. Un médico podría ser un pésimo enfermero, y viceversa.

Leave a Reply