Lo que sirve para mucho

Hace unos 20 años, recuerdo claramente que uno se reía de un invento, de una herramienta, que tuviera funciones inesperadas: si un lápiz tenía además un reloj digital, o una hoja de afeitar una pinza, era señal de que eran construcciones de mala calidad y malos diseños. Y, sobre todo, rascas. Yo tenía alguna navaja albaceteña por ahí, pero aún no conocía las cortaplumas suizas.

Las famosas “Victorinox” no son otra cosa que una herramienta múltiple, donde se intenta unificar el formato de diversas funciones (cortar, atornillar, descorchar, destapar, “mondarse” los dientes)  en un sólo aparato. Nadie en su sano juicio diría que son de mala calidad, y aunque no son famosas por su “diseño” (entendiendo diseño como una forma de arte), en aquellas listas de “Los diseños que cambiaron el mundo”, aparecen junto a cierres, velcros, tetra-paks y endoscopios.

Si realmente hemos superado, como civilización, la era del derroche, y estamos listos para una etapa más moderada y austera, tenemos que aplicarlo también a la multiplicación de especificidades: ya sea de objetos, como también de profesiones, procedimientos, etc.

El paradigma debe pasar de ser “porque se puede hacer” a “porque es necesario”.

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